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Segunda mano, sitios de moda

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Lo reconozco, nunca he sido amiga de pedir ropa prestada, ni a las amigas, ni a las hermanas, ni siquiera hacer intercambios o curiosear en tiendas ‘secondhand’, creo, bueno sé, que porque de pequeña era mi única opción. Ser la tercera hija en la España de los 60 era desconocer todo aquello que incluyera la palabra estrenar (salvo el ‘domingo de ramos: quien no estrena se queda sin manos’, que siempre incluía ropa interior). Heredabas ropa, zapatos, libros, habitación, cama… hasta costumbres y buenas maneras que ya habían inculcado a tu hermano mayor (eran ellos, los primeros, los que se encargaban de repetirte lo que habían aprendido, no hables con desconocidos, siéntate derecha… ahorrándole ese proceso a tus padres).

Y daba igual el sexo de tus antecesores, su complexión o lo descuidados que fueran con sus trajes nuevos, a la hora de heredarlos siempre eran adecuados. ¿Pantalones largos? Se cogía el bajo; ¿Cortos? se sacaba (con la marca desgastada de la anterior medida incluida); dos vueltas en las mangas, faldas tan cortas que apenas podías moverte, o blusas tan anchas que hacían las veces de vestido saco. En fin, que cuando bien entrada en la adolescencia conseguí estrenar mi primera prenda de vestir juré, heredando y parafraseando las palabras de Escarlata O’Hara (repito, soy de la España de los 60), que ‘nunca más volvería a usar ropa de otros’.

Tal fue mi trauma, que cumplí mi promesa durante muuuuuuuuchos años. Hasta que mi armario cargado de prendas, prácticamente nuevas, porque a partir de cierta edad, ya ni se estropea ni se queda pequeña (intento mantenerme en mi peso, variando lo justo y apenas cambiando de talla) se me hizo aburrido y triste. No es justo comprar y comprar ropa cuando no necesitas, tampoco tener que ponerte siempre las mismas prendas.

Encontré la solución en el mercado de segunda mano, ¿quién me lo iba a decir a mí? Probablemente la necesidad de hoy no es como la de antaño, y ahora queremos cambiar, variar, estar siempre a la última sin necesidad de gastar grandes fortunas. La ropa ya no se estropea. Son muchas las personas que se compran un modelito ideal (y de firma), se lo ponen unas cuantas veces y… hay que desterrarlo. No puedes ir siempre con el mismo vestido por muy bonito que sea, no solo aburres al personal, si no a ti misma, que parece que estás en el día de la marmota, una y otra vez repitiendo vestuario.

Sí, mis palabras se las llevó el viento. Hoy no me importa comprar ropa que han llevado otras, y colgar la mía en portales de segunda mano para que la adquieran otros. Es la forma más fácil, divertida y económica de tener un ropero siempre nuevo y diferente, sin cargar los armarios. ¿Te apuntas?

Vuelta a la rutina… y al peso

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